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Historia de los nombres de huracanes

¿Por qué los huracanes no tienen un nombre, digamos, científico? O, ¿por qué hay huracanes que nos recuerdan al perro del vecino, a una vieja novia o a nuestra modelo preferida? ¿En qué estarán pensando los científicos del tiempo al bautizar estos fenómenos?

Aunque parezca que los nombres de huracanes obedecen al capricho de un metereólogo, en realidad, el hecho tiene causas históricas y prácticas:

Durante siglos, los huracanes se nombraban según el santo del día en que ocurrían. Por ejemplo, estaba el “Huracán Santa Ana” que asoló Puerto rico en 1825 y los dos huracanes  “San Felipe”, que también azotaron ese país en un mismo trece de setiembre de 1876 y de 1928, respectivamente. Por otro lado, un metereólogo australiano, Clemente Wragge, fue el primero en bautizar a uno de estos fenómenos con nombre de mujer. Esto ocurrió ya a finales del siglo XIX.

Durante la II guerra Mundial, esta práctica de emplear nombres femeninos se extendió definitivamente entre los científicos, especialmente entre los de las Fuerzas Aéreas y Navales de Estados Unidos. Estos ponían sus conocimientos al servicio de su país para asegurarse de que los barcos de guerra aliados llegarán a buen puerto. En 1953, Los Estados Unidos, tras un fracasado intento de establecer un sistema fonético para clasificar los huracanes, establecieron oficialmente el método de calificación femenino.

Esta práctica se perdió en 1978 cuando se comezó a emplear tanto nombres de mujer como de hombre en la lista de tormentas para el Pacífico Noreste. Para 1979, todas los estudios de huracanes incluyeron esta costumbre en sus servicios metereológicos.

En definitiva, las razones del nombre de un huracán obedecen a un simple hecho: Su uso reduce la confusión en caso de que dos tormentas ocurran al mismo tiempo. Por ejemplo. Un huracán se mueve lentamente en dirección oeste por el golfo de Méjico. Al mismo tiempo, otro se dirige con rapidez en dirección norte a lo largo de la costa del Atlántico. Pues bien, un nombre complicado e initeligible podría inducir a un error. Puede hacer que uno tome el parte metereológico de una tormenta que está a cientos de kilómetros de distancia y viceversa.

En el pasado, la confusión y los falsos rumores surgían cuando algo así sucedía. Entonces,  los marinos, las bases costeras y las estaciones de clima podrían confundir un huracán con el otro, lo que provocaría una catástrofe. Flotas de pecqueros enteros se perderían, y habría un a gran desinformación.

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