LA DÉCADA DE POSICIONES ENFRENTADAS: 1981-1990


LA DÉCADA DE POSICIONES ENFRENTADAS: 1981-1990





La moda conservadora que reinó en la nación a finales de los 70, se mantuvo durante los años siguientes y catapultó a Ronald Reagan a ganar abrumadoramente las elecciones presidenciales de 1980-1984. De hecho, el retirado actor de películas no era un extraño para los fanáticos del béisbol, ya que muchos de ellos lo vieron hacer el papel del grandioso Grover Cleveland Alexander en la pantalla grande. Y ahora, como un devoto conservador, el presidente Reagan trató de diversificar la economía del país hacia la libre empresa, por medio de tácticas tales como el corte de impuestos federales y la reducción del gasto federal en programas internos. Al mismo tiempo, Reagan invocaba por una sólida y poderosa defensa nacional dirigida a combatir la extensión del comunismo internacional.

Pero el primer período de Reagan fue ensombrecido por una recesión económica, que contribuyó a una alta tasa de desempleo. Las minorías y los trabajadores del “cuello azul” fueron mayormente afectados en las decadentes industrias. Entre estas decadentes industrias se encontraban la otrora próspera de acero y minería, cuya merma en la producción fue atribuida a la competencia extranjera. Sin embargo, la economía norteamericana en su conjunto continuaba evolucionando desde una fuerte base industrial hacia la versión actual, con énfasis en la alta tecnología, la informática y la producción de servicios.

No obstante, antes de terminar el primer período de Reagan, medidas tales como los recortes impositivos federales, disminución de las tasas de interés y de inflación, impulsaron una recuperación económica que continuó hasta 1987. El despegue económico redujo el desempleo, pero para la mayoría de los trabajadores los aumentos salariales eran mínimos y alrededor de 20 millones de norteamericanos aún vivían en o muy cerca de la pobreza. De hecho, algunos críticos culparon la política económica de Reagan de favorecer a los acomodados, cuyas cifras en 1987 ascendían a un millón de millonarios y varios billonarios en una población de 240 millones.

Los pronósticos de mejorías económicas se desvanecieron a medida que el 1987 cerró en medio de temores una inminente recesión. En Octubre, la astronómica deuda nacional (estimada en 2.6 trillones) y un desbalance crónico en el comercio exterior desató el pánico financiero en las bolsas de valores extranjeras y domesticas. Agravada por el ignominioso escándalo Irán-Contras y la confrontación naval con Irán en el Golfo Pérsico, la crisis económica malogró el futuro de la nación y a la administración Reagan.

Más aún, otro graves problemas ensombrecían el futuro del país; entre ellos estaba una epidemia del uso de drogas que desafiaba todos los esfuerzos de control punitivo. De acuerdo a un cálculo realizado en 1985, la multimillonaria ilegal industria de la droga era mantenida por unos 20 millones de adictos norteamericanos. Esta población incluía muchos atletas profesionales que enfrentaban a sus entrenadores con el consabido eufemismo de “disciplinar a los adictos, sin violar sus derechos civiles.”

A pesar de todos los graves problemas de la nación, muchos norteamericanos disfrutaron estilos de vida relativamente prósperos durante estos años. Esto se debió mayormente a la tendencia familiar de tener entradas múltiples con el trabajo de ambos conyugues. Para 1987, las mujeres que trabajaban, incluyendo las casadas componían más de la mitad de la fuerza laboral en Norteamérica.

Con los ingresos adicionales, la mayoría de los norteamericanos seguían gastando descontroladamente en actividades de placer y recreación. Según un reporte, los norteamericanos gastaban más de 50 billones por año en juegos de azar, apuestas deportivas y actividades físicas. Entre las actividades recreativas disponibles, la televisión, y especialmente los programas deportivos televisados mantenían una posición privilegiada.

Ciertamente el creciente interés de los norteamericanos por los grandes deportes fue una bendición para el béisbol, ya que los beneficios por asistencia a los estadios y derechos de televisión, continuaban aumentando a niveles récord. Sin embargo, de manera concomitante, la escalada alcista en los salarios de los jugadores, enfrentó a estos con los propietarios en una serie de batallas en el frente laboral.

De hecho, las posiciones encontradas entre jugadores y propietarios era el leiftmotif en esa época. En 1981, fracaso de jugadores y propietarios para llegar a un acuerdo desató una huelga dañina para el béisbol, la peor de la historia de grandes ligas desde la debacle de 1890. El principal punto de discordia era la demanda de los propietarios, de que un club debía recibir un jugador veterano como compensación, si perdía en el fichaje anual de reentrada. Cuando expiró el ultimátum sin llegar a un acuerdo, los jugadores se fueron a huelga el 11 de mayo de 1981. Una vez iniciada la huelga duró 50 días y canceló un tercio del calendario de temporada. La huelga costó a los jugadores al menos $30 millones en salarios perdidos y a los propietarios $116 millones de beneficios no recibidos. Sin embargo, los propietarios fueron compensados parcialmente con $50 millones por un seguro anti-huelga. El último día de julio, un acuerdo puso fin a la gran huelga de jugadores.

Los propietarios ganaron el punto referente a la compensación de jugadores, pero tuvieron que negociar una aproximación indirecta. Así, cuando un equipo perdía un jugador en el fichaje de reentrada, éste tenía que escoger a un veterano de entre los jugadores sobrantes de todos los equipos de grandes ligas. Por su parte, los jugadores lograron eliminar la demanda de los propietarios referente a los topes salariales. El acuerdo entre este y otros asuntos menores produjo un quinto Acuerdo Básico, que fue aplicado durante la temporada de 1984. El acuerdo de la decimoprimera hora salvó lo que quedaba de la temporada de 1981, pero la fórmula del Comisionado Bowie Kuhn produjo muchas críticas. El plan de Kuhn incluía una temporada dividida, un formato que se había aplicado en 1892 y fue descartado por contraproducente.

Bajo el esquema de Kuhn, los ganadores de la primera mitad serian aquellos equipos que encabezaban su división al inicio de la huelga, junio 11. Los ganadores de la segunda mitad serian aquellos equipos que encabezaran la división al cierre de la temporada, luego del reinicio en agosto 11. Al declarar a los jugadores de la primera mitad como inelegibles para repetir como campeones, el plan de Kuhn de jugar con una ronda de postemporada para decidir los campeonatos de división en cada liga, fue aceptado. Por tanto, una serie separada al mejor de cinco, fue acordada para decidir primero el ganador de cada división en 1981. Luego, los ganadores jugaban la acostumbrada serie al mejor de 5 para decidir el campeón de cada liga. Aunque la fórmula funcionó como se esperaba, se vio afectada por una falta de interés en el juego por parte de 3 de los 4 ganadores de la primera mitad y por una reducción en la existencia, durante la segunda mitad de la que el escritor Red Smith denominó la “temporada deshonesta”.

Will ClarkWill Clark

La huelga de 1981 no calmó las tensiones entre los entrenados jugadores y propietarios. Cuando el quinto Acuerdo Básico expiró al final del 1984 sin otro acuerdo a la vista, una nueva amenaza de huelga apareció en 1985. Con los salarios continuando su escalada alcista, promediando $363,000.00 en 1984 y con 36 jugadores ganando al menos un millón, los propietarios decidieron detener esta tendencia.

Enfocando el arbitraje como las causas de las alzas salariales, los propietarios decidieron que un jugador debía esperar más de los 2 años reglamentarios antes de ser elegible para arbitraje salarial. Además, los propietarios renovaron sus demandas de establecer un tope salarial. Naturalmente, los jugadores se resistieron y al no alcanzar un acuerdo, se fueron a huelga el 6 de Agosto de 1985. Pero esta vez duró solamente dos días; era obvio que ninguna de las partes quería repetir la mala experiencia del 1981. Luego del reinicio de las negociaciones, se promulgó un sexto acuerdo Básico. El nuevo contrato abordaba los principales problemas. Por su parte los propietarios no pudieron conseguir un tope salarial, pero los jugadores acordaron esperar 3 años en vez de 2 para ser elegibles para arbitraje salarial.

Los jugadores también lograron aumentar los beneficios de pensión, la cual ahora pagaría a un veterano retirado con 10 años de servicios en las grandes ligas una pensión anual de $91,000.00. Los propietarios lograron aprobar su demanda de aumentar la popular postemporada de la Serie de Campeonato de la liga al mejor de siete juegos, comenzando en la temporada del 1985.

Pero todavía, el nuevo cuarto Acuerdo Básico no logró terminar las hostilidades entre jugadores y propietarios. A medida que los salarios seguían subiendo, los propietarios decidieron de manera unilateral, cortar la nómina del equipo a 24 hombres y procedieron a boicotear los fichajes de reentrada de 1985-1987. A pesar de la presencia de veteranos en el grupo de elegibles para fichaje, en esos años, no hubo solicitantes. En respuesta la Asociación de Jugadores levantó una acusación de confabulación y condujo demandas separadas por daños y perjuicios a cada uno de los fichajes boicoteados. En septiembre de 1987 el árbitro Thomas Roberts dictaminó a favor de los jugadores en la primera de las demandas, la de 1985. Poco después el árbitro Gorge Nicolau se pronunció contra los propietarios en los casos, alegando daños y perjuicios de 1986 y 1987. Los dictámenes certificaban daños por 280 millones a los jugadores envueltos. Como resultado de esto, castigados propietarios se lanzaron a una oferta abierta en los fichajes de 1988 y 1989. Pero la Asociación de Jugadores insistió en más protección anti-conspiración, la cual se convirtió en parte del séptimo Acuerdo Básico que fue negociado después del cierre de campaña en 1990. Una cláusula de ese acuerdo imponía daños triplicados a cualquier repetición de conspiración por parte de los propietarios al firmar agentes libres.

Aun así, cualquiera que fuese el resultado de esta inminente confrontación, los jugadores de esa época, fueron los ganadores obvios en el frente salarial. En 1982, un año después de la gran huelga, los salarios promediaban $250,000.00. Dos años más tardes el salario promedio se elevó a $330,000.00, casi el mismo que el del manager mejor pagado, Tom Lasorda de los Dodgers. Luego en 1986 el salario promedio alcanzó los $412,000.00 para luego caer ligeramente a $410,000.00 en 1987.

La disminución se debió en parte a que los equipos dejaban a jugadores veteranos y llamaban a jugadores menores, a quienes se les podía pagar el salario mínimo de $62,000.00. Pero la disminución fue menor ya que la nómina anual para los equipos de grandes ligas en 1987, alcanzó los $295 millones. Por supuesto, las nóminas variaban de acuerdo al equipo; así en 1987 la nómina de los Yankees con $18.5 millones fue la más alta, mientras que la de los Marineros de Seattle con $5.6 millones fue la más baja de los 26 equipos.

Los promedios tampoco decían toda la verdad acerca de las ganancias de los jugadores en esa época. Inflando las cifras promedio de salarios se encontraba un creciente número de jugadores que ganaban un millón o más por año. En 1984 había 20; en 1985 treinta y seis, en 1986 cincuenta y seis y en 1987 cincuenta y siete.

Entre estos aristócratas se encontraba un grupo que ganaba $2 millones; entre ellos Mike Schmidt de los Phillies de Philadelphia. Al firmar un contrato de 2 años en 1987, Schmidt enfrentó exitosamente el supuesto intento de los propietarios de fijar el tope de salarios en $2 millones. En las propias palabras de Schmidt: “yo quería que el salario fuera $2.2 millones, más por razones de negociación para mis compañeros jugadores… quiero que mis compañeros sepan cual es el tope ahora”. Cual habría sido su sorpresa con los actuales salarios del béisbol que exceden los de cualquier otro deporte rival en Norteamérica.

En defensa de estos astronómicos salarios, uno podría citar la continua prosperidad del béisbol organizado. En esta época, la asistencia anual a los juegos de grandes ligas, a menudo rompe récord. Luego que la disonante huelga de 1981, limitara la asistencia a 22 millones, esta rebotó a un récord de 45 millones el año siguiente y a pesar de la recesión nacional ese récord cayó en 1983. Luego de quedar corta por solo 800,000 en 1984, la asistencia anual totalizó 47.5 millones y en 1987 llegó a los 52 millones. Como en cada año de su mini-expansión en 1977 la LA encabezó la asistencia y en 1987 la LA sobrepasó a la LN por 2.5 millones.

Dennis MartinezDennis Martinez

Pero como siempre, la asistencia se distribuyó de manera desigual entre los clubes. Hasta 1987 solo los Dodgers habían pasado de 3 millones en asistencia anual, y lo hicieron en varias ocasiones, pero ese año los Mets y Cardenales también sobrepasaron esa cifra. En la LA mientras tanto, ningún equipo había roto la barrera de los tres millones en asistencia anual; en 1987 los Azulejos de Toronto se acercaron y en 1988 los Mellizos la sobrepasaron. Además la asistencia era excelente para aquellos equipos ubicados en ciudades más viejas como Chicago, Boston, New York, San Francisco, Cleveland, San Luis, y Milwaukee, donde los reportes demográficos mostraban una tendencia al crecimiento poblacional.

Sin embargo, los beneficios de la creciente asistencia no podían cubrir por si solos los deslumbrantes salarios de esta era. Lo que hizo la diferencia fueron los ingresos por derechos de televisión, a quien los críticos culpaban de estimular la tendencia, al presentar a los jugadores en compañía de celebridades millonarias de la TV. De todas manera, en 1983 los oficiales de grandes ligas negociaron un contrato televisivo de $1.1 billones por 6 años. Cuando el contrato entró en vigencia en 1984, las entradas por el derecho de TV sobrepasaron las ventas de taquillas. Aunque los beneficios de los contratos televisivos favorecían más aquellos equipos ubicados en los mercados más lucrativos, el contrato de transmisión en su año final, 1989, prometía la suma de $230 millones para ser divididos entre todos los clubes.

Sin embargo, era demasiado pronto para describir el epitafio al viejo adagio que decía “el final del béisbol esta al doblar la esquina”. En 1985, un descenso en las ventas de publicidad televisiva hizo surgir la idea de que la sobre exposición de programas deportivos televisados había revertido la tendencia. . Si la cobertura televisiva de los programas deportivos seguía cayendo, los beneficios por derechos de TV se reducirían aún más.

En esta ocasión los críticos culparon el abuso de drogas por parte de los jugadores, por la disminución en la popularidad en los deportes organizados. Sorprendentemente, la popularidad del béisbol se vio afectada muy poco por las revelaciones del abuso de drogas por parte de los jugadores en esa era. En 1980, Ken Moffet el director de la Asociación de Jugadores admitió que hasta un 40% de jugadores de grandes ligas podrían ser adictos. En 1983 el problema alcanzó mayores proporciones cuando tres jugadores de los Reales de Kansas City fueron encarcelados por adicción a las drogas. Ese mismo año, un lanzador de los Dodgers fue suspendido y en 1985 un jugador de los Padres de San Diego fue cambiado por cometer faltas similares. Igualmente, en 1985, la imagen pública del béisbol se deterioró aun más por revelaciones de dos cortes de Pittsburgh, en las que se procesaba a narcotraficantes. Los testimonios señalaban a 17 jugadores adictos. Aunque estas revelaciones no tuvieron un impacto mayor en la popularidad del béisbol, el Comisionado Peter Ueberroth decidió manejar la cuestión como un gran escándalo.

Pero la intención del Comisionado de obligar a todos los jugadores a someterse a pruebas antidrogas periódicas, fue mal vista por la Asociación de Jugadores, quienes insistieron en que el asunto debía ser discutido de manera colectiva. Aun así, Ueberroth suspendió a los jugadores acusados y, como condición a reintegrarse, los obligó a donar hasta el 10% de sus salarios a obras de beneficios y a participar en actividades contra la drogadicción.

Dusty BakerDusty Baker

Después de cerrado el caso, Ueberroth anunció en la apertura de la campaña de 1986, que el problema de la droga en el béisbol estaba resuelto. Pero este simple anuncio que era solo para salvar la situación, ignoraba la realidad del problema de la epidemia de drogadicción y también fue disimulado al fracasar la cruzada antidrogas del presente Reagan en 1986. De hecho, es inaceptable pensar que el béisbol está limpio de drogas; y el problema aún sin resolver era la implementación de políticas punitivas que mantuvieran el interés en el juego en la incipiente década de los 90.

Que la popularidad del béisbol de las grandes ligas se viera afectada mínimamente por los escándalos de drogas, huelgas, salarios prohibitivos o incluso la recesión económica, se debió mayormente al deslumbrante estilo de juego. De hecho, los fanáticos de esa época fueron testigos de apoteósicas campañas ofensivas. En la LA, donde los toleteros consistentemente conectaban más por cuadrangulares que los de la LN por amplio margen, las marcas de cuadrangulares cayeron como fardos. En este periodo de 7 años, los toleteros de la LA promediaban 2,000 vuelacercas por año, con marcas nueva sucediéndose cada una a la otra durante los años 1985-1987. En 1985 los bateadores de la LA la sacaron 2,178 veces; en 1986, 2,240 veces y en 1987 se conectó friolera de 2,634 cuadrangulares. Por su parte, los toleteros de la LN en 1987, soltaron 1,824 vuelacercas para romper el récord de la liga impuesto en 1970.

En el béisbol de grandes ligas en la explosiva campaña de 1987, hubo 28 jugadores que batearon 30 o más cuadrangulares, entre ellos 20 norteamericanos. El novato Mark McGwire de los Atléticos de Oakland encabezó la Americana con 49, marca de todos los tiempos para un novato en una temporada, la hazaña le valió a McGwire el voto unánime para los honores de Novato del Año. Mientras tanto, Andre Dawson de los Cubs, igualó la marca de McGwire y ganó el premio al Jugador Más Valioso de la LN, a pesar de que su equipo quedo último en el este de la LN. Entre los bateadores más consistentes de esa época, Mike Schmidt de los Phillies, encabezó la LN, mientras que Dale Murphy con los Bravos fue el mejor en dos ocasiones. Para finales de la campaña de 1988, Schmidt, con sus 542 cuadrangulares de por vida, se colocó entre los líderes toleteros de todos los tiempos y al anunciar su retiro a principios de la campaña de 1989, fue declarado “Jugador de la Década” por la revista “Sporting News”. Al final de la temporada de 1987, Reggie Jackson se retiró de las contiendas de la LA con una marca de por vida de 563 cuadrangulares. La salida de Jackson del juego activo dejó un hueco en la casa de poder de la LA, que jóvenes “Goliats” como McGwire, Pete Incaviglia, José Canseco, George Bell, y Jesse Barfield, parecían dispuestos a llevar.

Pero si esta era de producción de cuadrangulares no tuvo precedentes, las marcas de bateo se convirtieron en rutinarias. Gracias a su regla del bateador designado, los bateadores de la LA sobrepasan cada año a los de la LN; con promedios colectivos que llegaban hasta .255. En la LN las estrellas de color continuaron su hegemonía en bateo. Los jugadores de color ganaron todos los títulos de bateo de la LN en esa era, con el veterano Bill Madlock de los Piratas capturando dos y el Tony Gwynn de los Medias Rojas consiguiendo tres. En la LA era diferente, ya que un bateador dominante, el tercera base Wade Boggs de los Medias Rojas, ganó 4 títulos de bateo. Boggs era un bateador de contacto, bateando a la zurda registró .349 como novato en 1982. En las siguientes cinco campañas Boggs emuló al grandioso Ty Cobb al promediar .368. además en 1987, Boggs engarzó 24 homeruns para multiplicar su mejor cifra lograda hasta entonces. En 1989, se convirtió en el primer jugador de la LA en conseguir 7 temporadas consecutivas con 200 o más hits.

Entre las memorables hazañas de bateo de esa época, la de Pete Rose le dio la inmortalidad el 4 de Septiembre de 1985, cuando el jugador y manager de Cincinnati conectó de hit al lanzador Eric Show de los Padres y rompió el hasta entonces irrompible récord de Ty Cobb de 4,191 hits. Para ser exactos, Rose necesitó 2,300 turnos más que Cobb al bate para quebrar la marca, pero la bujía inspiradora de Cincinnati, ya con 44 años, vio las cosas desde sus propias perspectivas al afirmar “ yo puedo no ser el mejor jugador, pero soy el que tengo más hits”. Incluso, cuando Rose se retiró del juego activo al final de la campaña de 1986, había extendido su récord a un total de 4,256. Aunque nada podría opacar la hazaña de Rose, Don Mattingly de los Yankees, empató la marca de Dale Long al batear de homeruns 8 veces en partidos consecutivos y el receptor novato Benito Santiago de los Padres, conectó de hit en 34 juegos seguidos. La hazaña de Santiago lo llevó a ganar el premio del Novato Del Año de la LN:

Paul MolitorPaul Molitor

En la categoría ofensiva de bases robadas, las saetas de la LN aventajaban de manera perenne a sus contrapartes de la LA. En ese entonces, el recién coronado “Príncipe del Robo” era el jardinero Vince Coleman de los Cardenales. En 1985 Coleman impuso récord para un novato con 110 robos y al final de la temporada de 1987 se convirtió en el primer jugador con 100 o más robos en temporadas seguidas. Sin embargo, Coleman no pudo alcanzar el récord de 130 robos impuesto por Rickey Herdenson de los Atléticos de Oakland en 1982.

De hecho, en 1990 Henderson rompió el récord de Ty Cobb en la LA de más bases robadas, pasó la marca de Sliding Billy Hamilton, y apuntó hacía la marca de Lou Brock en las mayores.

No era sorpresa que los bombarderos ofensivos de esos años hicieron a los cronistas preguntarse que había pasado con el picheo. De hecho, los promedios de efectividad se fueron a las nubes en ambas ligas, el de la LA muy por encima de 4.00 y el de la LN sobre 3.70. Por supuesto, esto indicaba que el siempre volátil balance de picheo y bateo, estaba una vez más fuera de control. Para este último desbalance, los observadores ofrecieron explicaciones tales como bolas más vivas, zona de strike más pequeñas, miedo de los lanzadores a ser castigados si lanzaban muy pegado, uso excesivo de lanzamientos rompientes y que los managers utilizaban demasiado a los relevistas sin exigir mucho a los abridores. De hecho, el número de juegos completados por los lanzadores abridores fue decayendo a medida que los managers utilizaban más el relevo especializado. Entre estos especialistas de relevo, los más célebres seguían siendo los apaga fuegos que debían entrar en la parte final del juego para mantener una ventaja. Entre los mejores estaban Dan Quisenberry, Goose Gossage, Bruce Sutter, Todd Worrell, Dave Righetti, Gene Garber (quién se anotó su salvamento número 200 en 1987) y Lee Smith, quién implantó una marca de 30 o más salvados en tres campañas seguidas.

Pero aún era evidente que más que un buen relevo, se necesitaba trabajar duro para restaurar el picheo a un balance aceptable. Actualmente, los managers se quejan del poco entrenamiento de los lanzadores, mientras que los lanzadores culpan a las actuales reglas de favorecer a los bateadores. No fue sorpresa descubrir que los lanzadores utilicen bolas con relleno ilegal y lanzamiento ensalivados.

Sin embargo, los buenos lanzadores no se han extinguido. En esa época Nolan Ryan consiguió su marca de 5 juegos perfectos (1981) y al final de la temporada de 1988, el lanzallamas de 41 años, quien había perdido muy poca de su antigua velocidad, extendió su liderato de ponches de todos los tiempos a un total de 4,775 abanicados. De hecho, en 1987 Ryan lidereó la LN con sus 270 ponchadas y efectividad de 2.70 apenas justificaba su récord de ganadas y perdidas en 816. En 1989, con 42 años, Ryan abanicó a 300 bateadores y rebasó la marca de 5,000 ponches. En 1990 el venerable lanzallamas lanzó su sexto juego sin hits, para romper su propio récord de 5 y en 1991 lanzó el séptimo.

Dwight GoodenDwight Gooden

Entre las jóvenes promesas del picheo, Dwigth Gooden de los Mets brilló en camino a conseguir 244, 1.53 de efectividad y 268 ponches en 1985. El año siguiente Roger Clemens, de los Medias Rojas, también alcanzó 244 para convertirse en el primer lanzador en quince años que ganaba el premio al jugador más valioso de la LA. Naturalmente, Clemens también ganó el Cy Young cuando “el cohete” logró 209 en 1987, a pesar de un pobre inicio causado por un desacuerdo salarial, ganó su segundo Cy Young. Al ganar dos en línea Clemens se unió al grupo selecto de Sandy Koufax, Denny McLain, y Jim Palmer, para ser los únicos lanzadores en repetir dos veces seguidos como ganadores del Cy Young. La actuación de Orel Hershiser desde agosto a octubre de 1988, no tuvo precedentes.