“Camarero: una sábana por favor”


“Camarero: una sábana por favor”





Si ella eligió unos zapatos puntiagudos para esa invitación a cenar en Juan Dolio, en el preciso momento en el que llegó al parque de Aura comenzó a arrepentirse. Los tacones comienzan a enterrarse en la arena que bordea todo el lugar. No hay más remedio que admitir que el atuendo no es el apropiado y proceder a quitarse los zapatos. Es que aunque sea sábado por la noche y se trate del sitio que está en la boca de los más “chics y caros” de Santo Domingo, es un lugar en la playa.

El nuevo restaurante y lounge “Aura” abrió recientemente con un novedoso concepto en nuestro país. Además de las mesas tradicionales para comer o tomar, el lugar dispone de una hilera de camas con cortinas que recuerdan los famosos “reservados” de otros lugares de menos estirpe. Además, y más hacia la playa, el lugar dispone de camas con base de madera y especies de camas-hamacas que invitan a pasar un rato relajado en extremo, bajo el sol, si es que es de día, o bajo un cielo estrellado y rumor de mar, si es por la noche.

Como se trata de un restaurante, y ante aquel sugestivo entorno, nos animamos a pedir la carta y ver lo que ofrecían. Nos puso moscas el hecho de que nos entregaran una carta puesta en un fólder de cartón, que evidenciaba un menú impreso artesanalmente. Todavía lo excusamos por ser un lugar de apertura reciente. Vimos las opciones y de pronto toda la maravilla de la ambientación, que nos había hecho sentir hasta el momento en un lugar fuera de serie, fue diluida ante la sensación de encontrarnos en un lugar común y corriente.

Pues ni más ni menos. Las clásicas Capressa y Ceasar en el renglón de las ensaladas, las típicas opciones de pasta; por supuesto, una pequeña selección de rollos, una que otra carnita, pollo y mariscos. No vimos un plato que se destacara por su originalidad, no percibimos el resultado de una carta cuidada y elaborada especialmente para el lugar. Así que no nos hicimos demasiadas expectativas y decidimos probar suerte.

Pedimos de entrada los calamares fritos. Pero en lugar de delicados aros ligeramente sobritos, llegaron unos bastones grotescos, alternados con trozos de calamares. Algo muy parecido a un servicio de chicharrones de pollo. Además de la apariencia el sabor era mediocre.

Ah! Nos faltó decir que el pan y la mantequilla estaban muy buenos.

Luego seguimos degustando nuestra selección: un rollo, una brocheta de mariscos y unas quesadillas. Las quesadillas fueron lo peor de todo. No sabían a nada, y el tomate que las adornaba parecía haber sido sacado directamente de una lata, así como el wasabi que acompañaba al rollo, que hay que decir que se dejaba comer. La brocheta de mariscos estaba aceptable. Pescado, camarones y trocitos de langosta a la parrilla, bien sazonados y cocidos correctamente. Los tomates sin embargo parecían ser de lata, o en su defecto, fueron deshidratados en exceso.

Los precios nos quitaron la agradable expresión que nos había dejado la maravillosa brisa marina bajo el cielo estrellado. Los cuatro platos mencionados, y 3 appletines y una copa de vino: casi 4 mil pesos. Nos pareció carito para la calidad de la comida.

Pero bueno, la ambientación es espectacular, es original y es un lugar especialmente recomendado para culminar un proceso de “muela” tormentoso o no, para grupos de amigos armoniosos dispuestos a pasar un rato “chilling”.

Los que no son amantes de los sitios de moda, donde se mueve el “jet set” dominicano, pueden estar tranquilos si van de noche, ya que es imposible que la gente se logre aglomerar en algunos de los sitios, ya que hay espacio para todos, y cada grupo se mantiene separado del otro.

La recomendación de Ocio Clave es que si van a cenar o a comer, escojan mejor El Sueño, que está frente a la playa pública y que ofrece una excelente comida a precios muy razonables; o al Mesón, que está en el Boulevard, y que luego pasen a disfrutar de unos tragos en el deslumbrante Aura.